Carina siempre fue muy activa y muy curiosa; hizo de todo, desde kárate hasta boxeo y gimnasia. Nunca se dejó llevar por lo que la sociedad esperaba: a los 17 años, justo antes de su graduación, tomó la firme decisión de raparse el pelo y fue muy feliz con ello. Si sentía algo, confiaba en ello.

Carina amaba la biología, especialmente el funcionamiento de las neuronas y las células. Cuando llegó el momento de elegir carrera, se debatió entre la medicina y la psicología. Así que se decantó por la psicología, pero quería ir más allá, quería entender la base biológica del comportamiento, las emociones y los pensamientos.

Eso la llevó a estudiar en Argentina y España, y a crear su propia clínica en Costa Rica. Se especializó en neuropsicología pediátrica, para que niños y adolescentes crezcan más saludables, física y mentalmente. Carina tiene tres hijos, el mayor nació en Costa Rica, la del medio en Suiza y el tercero en EE UU.

Y es que, como familia, no han parado de viajar. Justo cuando su sueño se hacía realidad, su esposo recibió una oferta para ir a vivir a Suiza. Carina lloró, sintiendo que perdía todo lo que había construido. Sin embargo, su esposo la animó: «Explora redes sociales, intenta», para compartir información y escribir su primer libro.

Se reinventó como divulgadora científica. Su misión era clara: tomar la ciencia compleja—como la neuroplasticidad o la conexión intestino-cerebro—y  ponerla una forma muy fácil de comprender para todos. 

Escribió los libros de cuentos para niños ‘Coco y Mumu’, que enseña de manera sencilla cómo funciona el cerebro y  coprodujo dos documentales cortos: uno sobre los peligros de las pantallas en niños de 0 a 6 años (que ganó dos premios Emmy en 2024) y otro sobre los riesgos de la comida ultraprocesada para los más peques (nominado al Emmy en 2026 y premiado en festivales como Cannes, Barcelona, Nueva York, Florencia…).

Hoy, Carina trabaja con gobiernos y organizaciones internacionales para que la salud mental se enseñe en las escuelas, asegurando que nadie salga del colegio sin saber manejar la ansiedad o la frustración.

Ilustraciones: Noelia Audisio. Visita su Instagram

¿Cómo recuerdas tu infancia y adolescencia?

Tienes un esposo argentino y tus hijos han nacido en distintos países. ¿Cómo se crían ellos? ¿Se sienten «ticos»?

Todos se sienten ticos. El mayor nació en Costa Rica, la del medio en Suiza y el tercero en Estados Unidos, pero hablan como costarricenses y dicen «mae»; a veces ni les entienden fuera de casa. Únicamente cuando hablamos de fútbol se sienten argentinos, lo cual es muy conveniente, pero para el resto son tiquísimos.

¿Recuerdas algún momento específico en el que te interesaras por tu actual profesión y decidieras seguir una carrera científica para entender cómo funciona el cerebro?

Siempre me encantó la biología; era una de mis materias favoritas. Me interesaba mucho el funcionamiento de las células, la mitocondria y las neuronas. Sin embargo, cuando tuve que elegir carrera, dudaba entre Medicina y Psicología. Tenía muy claro que quería ser una mamá presente y, en aquel entonces, el discurso general era que la Medicina no permitía lograrlo por ser una carrera demasiado demandante. Por eso, inicialmente opté por la Psicología.

¿Cómo fue esa transición desde la psicología general hacia la neuropsicología?

Conforme gané experiencia en mis primeros trabajos en centros de adicciones con adultos, empecé a profundizar en la neurobiología y en los procesos químicos cerebrales que generan las adicciones. Sentí que la psicología básica no era suficiente; quería entender más y llegar más profundo. Así entré al mundo de la neuropsicología.

Tras graduarme como máster en Psicología Clínica en Costa Rica, me gané una beca para la Universidad de Salamanca, pero en ese momento prioricé una relación personal y no me fui. 

Viviendo en el extranjero, ¿cómo surgieron tus proyectos editoriales y los personajes de Coco y Mumu?

En Suiza, a pesar del desafío del idioma y de tener un hijo pequeño, empecé a compartir información en redes sociales. Una editorial me contactó para escribir mi primer libro. Más tarde, viviendo en Washington y tras el nacimiento de mi segunda hija, busqué formas de consolidar los cimientos de su salud mental. 

Mi objetivo principal, que también trabajo actualmente con gobiernos de Uruguay, Colombia y Panamá, es incluir la salud mental en el currículum académico. No sirve de nada que un niño sepa las tablas de multiplicar si no sabe gestionar la ansiedad, la frustración o entender la conexión entre su alimentación y su química cerebral.

¿Imaginaste alguna vez que tu carrera tendría este alcance internacional y que terminarías ganando premios como el Emmy?

Para nada. Cuando mi esposo me propuso irnos a Suiza, lloré amargamente porque sentía que estaba abandonando la clínica que tanto me había costado construir en Costa Rica. Fue un desafío enorme pasar de ser la profesional que quería ser a ser «solo mamá» en un lugar donde no hablaba el idioma. Mi esposo fue clave; él me impulsó a explorar las redes sociales cuando yo pensaba que eran una pérdida de tiempo.

¿Estos aprendizajes sobre el cerebro son aplicables solo a niños de 0 a 6 años o también a los adultos?

El documental se enfocó en los 0 a 6 años por ser una etapa crítica, pero la salud mental se construye hasta la adolescencia, que termina cerca de los 25 o 26 años debido al recableado cerebral.

Para los adultos, el mensaje es que nunca es tarde. Gracias a la neuroplasticidad, el cerebro es maleable. Podemos modificar la microbiota intestinal en solo 24 horas cambiando la alimentación. También podemos reconstruir memorias y gestionar emociones de forma distinta a través de la terapia, la actividad física y el hábito. La salud mental es un trabajo constante.

¿Cómo fue la reacción del público ante temas tan «incómodos» como la regulación de pantallas y la alimentación?

¿Cuál consideras que ha sido tu mayor aporte en la comunicación de estos temas científicos?

Mi capacidad para aterrizar la evidencia científica en términos fáciles de comprender, sin usar tecnicismos extraños. Por ejemplo, en el tema de pantallas, sinteticé los «cinco nuncas», herramientas simples que cualquier familia puede aplicar. También el vincular datos poco conocidos, como la relación entre la luz azul de los dispositivos y la pubertad precoz.

¿Cuántos libros has publicado hasta ahora? Tienes más, además de los infantiles.

He publicado varios libros. El primero se titula ¿Qué puedo hacer yo?, con la editorial argentina Albatros. Es una obra muy visual, dirigida a padres, donde brindo consejos específicos para potenciar el desarrollo de los hijos durante sus primeros seis años de vida. El objetivo principal era llegar a familias de clase socioeconómica media y baja que, al no poder costear terapias diarias, necesitaban herramientas para trabajar en casa y prevenir posibles diagnósticos o apoyar los procesos ya iniciados.

Después publiqué mi primer libro de cuentos: Coco y Mumu: La gran aventura del cerebro. En esta historia, los personajes exploran diferentes planetas y enfrentan desafíos de la vida real. Por ejemplo, visitan el planeta «Televito», donde solo hay pantallas, u otros donde solo se consume comida chatarra o predomina el enojo. La búsqueda termina en el planeta «Cerebrus», donde se explican los siete secretos para cuidar el cerebro, que son básicamente los pilares de la salud mental.

El tercer libro, también de la serie Coco y Mumu, se enfoca en la conexión entre el intestino y el cerebro. En él explico la importancia de los alimentos y hablo de los «bichitos» buenos y malos (la microbiota). El enfoque no es satanizar, sino mostrar cómo alimentar a los microorganismos beneficiosos nos da más energía y facilidad para realizar actividades, a diferencia de lo que ocurre cuando alimentamos solo a los «bichitos» malos.

Finalmente, tengo un libro con la editorial española Neuroaprendizaje. Es un texto más amplio para padres donde explico detalladamente los pilares de la salud mental y qué esperar del desarrollo infantil. El valor agregado de este libro es que incluye códigos QR; al escanearlos, los padres pueden descargar cuentos relacionados con cada tema (como la microbiota o la actividad física) para que puedan transmitirle la información técnica a sus hijos de una manera sencilla. El objetivo es que los padres se empoderen e informen, obteniendo herramientas para educar a sus hijos desde temprana edad.

¿Qué nuevos proyectos tienes en camino?

Sigo siendo una «eterna estudiante». Próximamente publicaré un libro con la editorial Planeta sobre el GABA, un neurotransmisor que funciona como nuestro «freno interno» y del que casi no hay literatura disponible. Mi vida siempre ha sido así: busco algo, lo aprendo y luego siento la necesidad de saber más.

¿Qué le dirías a las niñas y adolescentes que escuchan que la ciencia «no es para ellas»?

Les diría que el cuerpo es sabio y que aprender a escucharlo es de valientes. De nuestro cuerpo llega nueve veces más información al cerebro de la que el cerebro envía al cuerpo; es decir, el cuerpo es mucho más sabio que el cerebro. Si sienten en su cuerpo que algo les apasiona y las hace felices, deben confiar en eso. Los mensajes externos suelen estar llenos de prejuicios; lo más importante debe ser siempre su propio sentir, sus emociones y lo que quieren hacer.