Lorna creció en San José, en una familia donde el trabajo y la creación eran parte del día a día. De niña, prefería acompañar a su papá (quien era arquitecto) a las construcciones porque le fascinaba ver cómo los edificios «quedaban» en el espacio para siempre.
Pero su camino no fue fácil. A temprana edad, sufrió de meningitis. Se recuperó, pero si antes de la enfermedad era muy buena en mates, después de pasarla le costaba mucho más y así creció con miedo a los números, pensando que las ingenierías eran un territorio prohibido para ella.
Pero Lorna no se paró. Se convirtió en maestra de preescolar bilingüe porque amaba compartir conocimiento y ayudar a los niños a ser mejores personas. La chispa de la innovación se encendió cuando su hijo mayor empezó a pedirle clases de tecnología a los cuatro años. En lugar de buscar a alguien más, Lorna decidió aprender robótica educativa.
Con gran valentía, decidió llevar la ciencia a todas partes. Compró un autobús escolar amarillo y, desafiando a quienes decían que una mujer no podía manejar un vehículo tan grande, aprendió a conducirlo en solo tres días por calles estrechísimas. Así nació Genius Lab: un laboratorio móvil lleno de Legos y computadoras. Para empoderar a las niñas que se sentían excluidas, Lorna diseñó estrategias creativas, como mariposas robóticas rosadas, demostrando que la tecnología también es para chicas y es una herramienta muy poderosa.
Cuando la pandemia detuvo los motores de sus buses, Lorna se volvió a reinventar. Inspirada ahora por su hijo menor, fundó su segundo emprendimiento basado en la gamificación, usando el juego con Legos como herramienta para enseñar y transformar empresas. Su visión la llevó a ser seleccionada por la embajada de EE UU para un programa de liderazgo STEM en aquel país, el IVLP, donde conoció a 50 ‘hermanas de ciencia’ de todo el mundo.
