Margarita nació con un don especial: veía colores donde otros sólo veían sombras. Ella no se conformaba con los juegos comunes; su pasión era el dibujo. Sus papás, al notar su talento, la llevaron a estudiar con el paisajista Fausto Pacheco, quien le enseñó a observar la belleza de su tierra. A los 11 años, su vida dio un giro emocionante: la familia se trasladó a Cuba, la tierra de su mamá, donde la prestigiosa Academia de San Alejandro se convirtió en su segundo hogar y donde aprendió que el arte requiere disciplina y pasión.
Margarita no solo quería pintar; ella quería que todo su cuerpo fuera una expresión de arte. Por eso, además de los pinceles, abrazó la danza, convirtiéndose en una experta en ballet, diseño de vestuarios y escenografía. Viajó a Colombia para trabajar en el gran Teatro Colón de Bogotá, demostrando que una mujer costarricense podía brillar en los escenarios más importantes del continente.
Al regresar a Costa Rica en 1941, Margarita se encontró con un mundo artístico que seguía reglas muy viejas. Pero ella, una mujer valiente y decidida, no aceptó el «así se ha hecho siempre». Como profesora en la Universidad de Costa Rica, revolucionó las aulas: ¡quitó las aburridas estatuas de yeso y trajo modelos reales para que sus alumnos aprendieran la verdadera forma humana!. También los sacó al aire libre para que sintieran la luz del sol en sus lienzos. Aunque muchos se opusieron a sus cambios, Margarita no se rindió y su visión moderna terminó ganando la batalla, transformando el arte de Costa Rica.
Margarita fue una guerrera de la creatividad. También trepó andamios para pintar murales gigantescos que hoy son tesoros nacionales. Cuando decidió explorar el arte abstracto y geométrico, los críticos fueron muy duros con ella, diciéndole que debía volver a lo tradicional. Pero Margarita les dio una lección con sus palabras: «Al pintar soy yo misma». Ella sabía que ser fiel a su propia voz era más importante que cualquier aplauso.
Sus últimas dos décadas las vivió entre Golfito, donde capturó la magia del mar, y Escazú, con paisajes de las montañas, a través de acuarelas que parecen tener vida propia, y ganándose el título de ‘madre de la acuarela costarricense’.
