Filomena nació y creció en Térraba en 1926, entre el murmullo de los ríos y la sabiduría de sus ancestros Bröran, uno de los ocho pueblos indígenas originarios de Costa Rica.
A medida que Filomena crecía, se convirtió en una defensora de la cultura de su pueblo: experta de los hilos y los colores, tiñendo las telas con la magia de las plantas. Caminaba larguísimas distancias para llevar medicina natural a los enfermos, hablando siempre su lengua materna y protegiendo los secretos de la naturaleza y de su tierra.
En 1953, cuando el mundo todavía decía que las mujeres debían quedarse en silencio, Filomena hizo algo histórico: fue la primera mujer indígena en ejercer el derecho al voto en Térraba. Aunque algunos hombres la criticaban y decían que «quería mandar más que su esposo», ella sacó su cédula con orgullo y, entre risas, demostraba que nunca se dejaría mandar por nadie.
En los años 70, la codicia humana puso en peligro las tierras de Veragua. Unas empresas madereras querían destruir los bosques y sus cultivos para abrir caminos con máquinas gigantes. Filomena no tuvo miedo y se paró frente a su rancho, tomó de las manos a sus seis hijas y tres hijos y se plantó firme ante la maquinaria, negándose a abandonar su hogar a pesar de las amenazas. Su resistencia se convirtió en un símbolo de lucha por el territorio para todo su pueblo.
Filomena sabía que para que su comunidad fuera fuerte, necesitaba salud y agua. Por eso, trabajó durante décadas en la Junta de Educación, el Consejo Pastoral y el Comité de Salud, siendo fundamental para que después se construyera el acueducto y el puesto de salud de su pueblo, asegurando un futuro mejor para los jóvenes.
Cien años después de su nacimiento, en 2026 (20 años después de su muerte), la Asamblea Legislativa de Costa Rica le otorgó el honor más grande del país, al ser declarada Benemérita de la Patria, la primera mujer indígena en recibir este título.
